LA VOCACIÓN

II DOMINGO ORDINARIO

LA VOCACIÓN

Por nuestro Párroco, P. Carmelo Jiménez

Después de haber celebrado la Navidad, volvemos al tiempo ordinario. Este segundo domingo del tiempo ordinario nos recuerda la vocación. Celebramos el domingo pasado la manifestación del Señor, y el lunes, el bautismo del Señor. Toda manifestación conlleva un reclamo de atención que se resuelve en búsqueda y seguimiento. El bautismo nos consagra a la vocación cristiana. Es decir que Epifanía y Bautismo se resumen en llamado y respuesta.

La primera lectura nos narra la historia vocacional de Samuel. Antes de hablar de esa llamada tan preciosa, comenzaré preguntado y respondiendo: ¿quién es Samuel? Samuel es hijo de Alcaná y Ana. Alcaná tenía dos mujeres, Penina con quien tenía hijos y Ana, quien era estéril. En la antigüedad, la esterilidad era signo de una maldición de Dios. Alcaná tenía un amor especial por Ana, lo que causaba rivalidad y celos de parte de Penina. Pero cada año subían al templo para orar y hacer sus ofrendas. Es ahí, en el templo que Ana ora y pide misericordia de parte de Dios, pidiendo un hijo, con la promesa de que sería consagrado a Él. Dios responde regalándole un hijo y Ana desde pequeño lo consagra a Dios y lo deja al servicio del templo del Señor, especialmente con el sacerdote Eli. Eli tenía dos hijos, quienes también eran sacerdotes pero sus vidas no eran coherentes con sus labores, por lo que Dios, a pesar de haberle prometido a Eli toda clase de bendición, se le fue retirada por el estilo de vida de sus hijos. Samuel crecía y servía a Dios con fidelidad.

“Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada” (1 Samuel 3: 7). Vuelvo a repetir que Samuel era el niño que la madre consagró a Dios como prenda por haberle concedido el don de la maternidad. Pero no basta, para ser un profeta, un hombre de Dios, que nuestros padres nos destinen a ello, no esa no es vocación. Vocación tampoco es una herencia que se pasa de generación a generación. Para una vocación verdadera hace falta una llamada y, una respuesta personal a la palabra de Dios.

“Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: ‘Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: Habla, Señor; tu siervo te escucha’” (1 Samuel 3: 8b-9). La vocación de Samuel se describe con rasgos propios, es la voz de Dios que se oye en el silencio, en la noche. Es Eli quien entiende que es Dios quien le llama y lo guía para que dé una respuesta. Es el maestro que le enseña a decir al discípulo, no como un rito, sino como el don de la propia vida: “habla, Señor, que tu siervo escucha”. Escuchar la voz de Dios en la vida personal es un verdadero reto, que no todos saben afrontar. Elí, el viejo sacerdote-profeta, tiene experiencia de Dios y se la comunica a alguien que está en disposición de ello. Todo lo contrario de lo qué pasa con los hijos de Eli.

El evangelio nos presenta una escena bella y cumplimiento de la misión de Juan el Bautista. “Estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: ’Éste es el Cordero de Dios’” (Jn 1: 35-36). Juan el Bautista ha cumplido la misión que le correspondía. San Juan Bautista como Eli, ayuda a descubrir la vocación a dos de sus discípulos. A veces, alguien puede descubrirnos nuestra vocación; lo importante es saber discernir y poder dedicarse a ello.

“El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: ‘Hemos encontrado al Mesías’ (que quiere decir ‘el Ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: ’Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás’” (Jn 1: 41-42). El que Pedro reciba un nombre nuevo Kefás (piedra), con todo lo que ello significa, forma parte también del misterio vocacional. Un nombre nuevo es un destino, un camino, una vida nueva, una misión. Todo esto está sugerido en esta escena vocacional.

Aceptar a Jesús, su vida, su ideas y la experiencia de Dios, no puede dejarnos donde estábamos antes. Todo tiene que cambiar, sin que haya que exagerar actitudes espirituales o morales. Seguir a Jesús y su evangelio, y  sentir la necesidad del perdón y de la gracia, porque la debilidad nos acompaña siempre. Que Dios, luz del mundo, nos conceda conocer y vivir nuestras vocaciones.

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