EL ENCUENTRO DE AMOR CON EL ESPOSO

XXXII DOMINGO ORDINARIO

EL ENCUENTRO DE AMOR CON EL ESPOSO

Por nuestro Párroco, P. Carmelo Jiménez

Continuamos en la recta final del año litúrgico y con ello, las lecturas de este domingo, nos ayudan para la apertura al último destino del hombre y de la vida.

“Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan” (Sab 6: 12). Esta lectura personifica a la sabiduría, porque sin la sabiduría, que es la esencia de lo bueno, de la felicidad, de lo ético y estético, la vida perdería su hermosura y su dimensión escatológica. Ser sabio, en la Biblia, no es estudiar una carrera para aprender muchas cosas; no es cuestión de cantidad, sino de calidad; es descubrir constantemente la dimensión más profunda de nosotros mismos y de Dios. La sabiduría es el pensar correctamente para tomar decisiones acertadas y vivir una vida justa ante Dios. El ejemplo más sublime de la sabiduría es el conocimiento que tuvo Salomón para conducir a su pueblo. Entonces, la sabiduría es aquella transmitía Dios a Israel para llevarlo a su plenitud, a la verdadera Felicidad, y expresada de un modo sintético y sublime en los mandamientos.

“El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo” (Mt 25: 1b). Este texto es exclusivo de san Mateo que nos propone la parábola de las vírgenes necias y las prudentes. El número 10, significa la totalidad o el conjunto completo de algo y también, era el número exigido para la calidez de la plegaria en la sinagoga o fuera de ella. Entonces esta parábola podemos darle un sentido comunitario a todos los efectos. La boda y el esposo son signos del punto final. El aceite era en el judaísmo, el signo de las buenas obras, también el signo de la alegría de la acogida.

“Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron” (Mt 25: 2. 5). Jesús se vale del marco de una fiesta de bodas para hablar de algo trascendental: la espera y la esperanza. Pero los protagonistas de este relato no son ni el novio ni la novia, sino las doncellas que acompañaban a la novia para este momento. Eso quiere decir que ellas se gozaban en gran manera con ese acontecimiento, como si ellas mismas estuvieran implicadas, tanto o más que la novia; pero para este acontecimiento de amor y de gracia hay que estar preparados, y deben abrirse a la sabiduría; el júbilo que se respiraba en una boda como la que Jesús describe es lo propio de algo que alcanza su culmen en la venida del esposo.

“Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta” (Mt 25: 10). Lo importante es estar preparados para la venida del esposo. Se habla de una presencia ante los que esperan. Por tanto, no es cuestión de entender el terna en términos físicos, sino de cómo nos enfrentamos a lo más importante de nuestra vida: la muerte y la eternidad: ¿con sabiduría? ¿Con alegría? ¿Con aceite, con luz? ¿Con esperanza?

Este mundo parece ser casi eterno, porque han pasado años y más años y parece que no llega a su fin, pero nosotros aquí no somos ni seremos eternos. Estamos llamados a una presencia de Dios, por lo tanto, todos debemos anhelar amorosamente ese momento o de lo contrario seremos unos necios y no podremos atender unos desposorios de amor eterno, de felicidad sin límites. Dios nos conceda la sabiduría para prepararnos dignamente al encuentro de amor.

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